Reconocimiento y Reparación del 'Daño al Proyecto de Vida' en el Umbral del Siglo XXI

Autor:Flaviana Rampazzo Soares
Ocupação do Autor:Coordenadora
Páginas:65-93
 
ÍNDICE
TRECHO GRÁTIS

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1. Introducción

En las páginas de este trabajo intentamos elaborar un breve resumen de los alcances de la nueva figura del “daño al proyecto de vida” o “daño a la libertad fenoménica” como una de las modalidades o categorías del amplio y genérico concepto de “daño a la persona”. Nunca antes en el pasado se había hecho referencia a esta nueva institución, por lo que su absoluta novedad en el panorama del Derecho de Daños obliga a exponerla con la mayor fundamentación y claridad posible, a repensarla permanentemente para afinarla, absolver dudas, rectificar errores, cubrir vacíos, plantear nuevas cues-tiones, desarrollarla, en suma.

El propósito cardinal de este trabajo es el de interrogarnos si, en verdad, existe un “proyecto de vida” y, de ser el caso, si es posible dañarlo en cuanto él significa la exteriorización y realización fáctica de la libertad ontológica en que consiste el ser del hombre. La libertad fenoménica, constituida por actos o conductas que responden a una decisión libre de la persona, por acción de terceros, ¿puede ser frustrada, menoscabada o retardada en su ejecución? Esta es la cuestión a descifrar no obstante que, desde su creación en 1985, la institución ha sido acogida por la jurisprudencia supranacional americana y por un sector de la jurisprudencia comparada, así como por un cada vez más creciente números de juristas que han respondido afirmativamente a la interrogante que nos formula-mos. A ello también nos referiremos en las siguientes páginas de este trabajo.

El tema, por su novedad y trascendencia en cuanto se refiere a la protección preventiva, unitaria e integral de la persona humana, está abierto al más amplio debate.

2. La libertad

La libertad es el ser del hombre. La persona humana es un ser libertad. La libertad es lo que caracteriza al ser humano, lo que lo hace ser el ente que es y no otro. La libertad lo diferencia de los demás entes del mundo, incluyendo a los de su propia especie. Es, por ello, el único ser espiritual. El espíritu es propio de los seres libres y, éstos, son los únicos entes espirituales.

La libertad, en cuanto ser del hombre, no se le puede definir. No es “algo”, una cosa u objeto que tengamos ante nuestra mirada, que podamos describir en su integridad o plenitud. No es un ente exterior a nosotros mismos, captable por los sentidos. La libertad la sensibiliza, la vivencia, el ser humano.

Pero, a pesar de que la libertad es indefinible, debemos aludirla de alguna manera, explicárnosla de algún modo. Es así que, común y generalmente, a este ser que somos, se le suele frecuentemente referir a través de uno de sus más visibles atributos como es el de su capacidad inherente de valorar, adoptar decisiones, preferir y elegir un cierto comportamiento, un determinado acto o conducta, sin límite alguno, entre un abanico de posibilidades, opciones u oportunidades que le ofrecen tanto su mundo interior, sus propias potencialidades, como las provenientes del mundo exterior, de los “otros” y de las cosas. El empleo del indicado atributo para referirnos a la libertad reside, tal vez, en el hecho que es el que nos resulta más importante o perceptible entre otros que pudieran aplicársele.

Con la libertad sucede lo que acontece con Dios. Para los que creen que existe se refieren a Él de alguna manera. Lo hacen, también, a través de algunos de sus atributos o connotaciones que, generalmente, son los que más los impactan. Así, se dice que es omnipotente, que es amor.

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Aunque trataremos el asunto más adelante es conveniente, para una mejor comprensión de lo que proponemos, expresar que la libertad, siendo unitaria, tiene dos instancias o momentos teóricamente distinguibles. Uno de ellos es el de la libertad en cuanto ser del hombre. A ella la designamos como libertad ontológica. Esta vertiente de la libertad es la del mero proyectar y decidir. Ello acontece dentro del mundo interior de la persona. Es un proyectar y una decisión íntimas, que sólo la pueden conocer los demás seres con los cuales convive el ser humano en el caso que opte por revelarlas o que las conviertan en actos y conductas visibles por los demás. A través de éstos se percibe cuál ha sido la decisión que les ha dado lugar.

Por las propias decisiones y actos del ser humano comprobamos que, dentro de las limitaciones de la libertad a las que estamos sometidos tan sólo en cuanto a su ejercicio o realización en el mundo exterior, no somos un robot, una máquina, un objeto, un ente que carece de rumbo, que no es capaz de proyectar y decidir sobre su existir. Somos siempre libres para proyectar y decidir, aunque nuestras decisiones no se cumplan en la realidad de la vida. Somos libres hasta para renunciar a decidir por nosotros mismos y trasladar esta capacidad a otra persona. Y somos también libres para retomar la potestad de decidir por nosotros mismos según nuestro propio criterio o atendiendo a una sugerencia proveniente del mundo exterior.

La otra dimensión de la libertad, es decir, la que se vuelca al mundo exterior, la que se convierte en acto o conducta, mediante los cuales el ser humano se realiza como persona, se refiere al cumplimiento de su “proyecto de vida”, al del el destino que se ha trazado. A esta libertad, que percibimos a través de los comportamientos humanos, la designamos como libertad fenoménica.

La libertad, en síntesis, no es un atributo del ser humano: es su propio ser.

3. Características del ser libertad

El ser humano no es un animal mamífero cualquiera, como el chimpancé o el perro, sino uno dotado de libertad que, abierto al mundo de los valores, lo convierte en un ser espiritual, que no se reduce tan sólo a lo orgánico, a lo fisiológico, a la Naturaleza. La libertad es el plus, ese “algo más” que hace que el ser humano sea único, irrepetible, singular, idéntico a sí mismo. En una palabra, que posee dignidad.

El chimpancé, como los otros animales mamíferos, tienen un cierto elemental nivel de racionalidad, de psiquismo, en general, pero carecen de libertad. No son seres espirituales capaces de valorar1.

La libertad hace de la persona humana un ser proyectivo, creativo, responsable, dinámico, en continuo movimiento, haciendo y moldeando su personalidad a través del tiempo. No es un ser cerrado sobre sí mismo sino un ser abierto a los demás y al mundo. No es compacto, macizo, acabado como las cosas que lo rodean. El hombre va haciendo su vida, proyectándose al futuro, adquiriendo una propia identidad. Mediante la libertad, siendo todos los seres humanos iguales, no existen dos personas idénticas. Libertad e identidad son el sustento de la dignidad humana.

La libertad hace que el hombre sea responsable de sus actos, de sus conductas, de sus pensamientos. Libertad es, por ello, sinónimo de responsabilidad. Como sostiene Jaspers, la libertad “le ha sido impuesta al hombre como su responsabilidad”2.

El ser humano, en tanto libre es, en alguna medida, impredecible. Todo lo que podamos decir sobre el ser humano es aproximativo, no hay nada definitivo, máxime que por ser temporal va haciéndose cada día. El que fue ayer, en múltiples aspectos, ya no es igual al que es hoy ni lo será al que se proyecta al futuro, sin nunca dejar de ser “el que es”. Es así que, posiblemente, habiendo sido, por ejemplo, conservador en su pasado dejó de serlo para convertirse en un revolucionario o, quizás, si ayer fue agnóstico en la actualidad es un fervoroso creyente. Nuestra identidad posee, por ello, dos vertientes, la estática, la que no cambia, la que permanentemente responde al “soy yo”, y la identidad dinámica que varía con el tiempo al moldearse la personalidad3.

El ser humano por ser libre, a pesar de todo lo que podemos conocer y saber sobre él resulta, en cierta medida, un misterio. Su compleja estructura existencial, como sostiene Jaspers, hace que el hombre sea siempre más de los que sabe sobre él4. Según el filósofo germano, el ser humano conoce mejor todo aquello que lo rodea, lo...

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